En este altozano arcilloso, cortado a pico por el río Duero que discurre a sus pies, se excavó el barrio de bodegas subterráneas de la localidad. También recibe el nombre de Cuesta de San Pedro por localizarse en su cima una ermita bajo la advocación del apóstol. El emplazamiento permitió abrir bodegas a distintas alturas, incluso algunas a pocos metros de la orilla del río. Se conservan una treintena de cuevas, aunque hay evidencias de que hubo muchos más. Generalmente no poseen mucha longitud, pero esto se compensaba con cubas de gran capacidad, muchas de ellas de entre 150 y 300 cántaros de capacidad (2.400 y 4.800 litros respectivamente). La “reconversión” del campo con el éxodo rural de las décadas de los 50 y 60 del siglo pasado y la necesidad de cultivos de mayor rentabilidad, hace que descienda la producción de vino y que estos recipientes sean sustituidos por otros de menor capacidad y la consiguiente compartimentación de las galerías. Se desconoce cuando comenzaron a excavarse, aunque es muy probable que tuvieran su inicio en el mismo momento en que se inició la repoblación de la zona y el asiento de nuevas comunidades durante la Edad Media, siglos X-XII. En el Catastro de Ensenada del siglo XVIII ya se mencionan todas ellas. En el cotarro también se conservan un lagar y dos «cocederas». En la década de los 70 del siglo XX tomó mucho auge el fenómeno de las meriendas con amigos y familiares aprovechando la proximidad del vino. Subir al cotarro con los compañeros era tradición antigua asociada a bajar el garrafón de vino a casa para el gasto semanal. De aquella época surgen muchos merenderos ―pequeñas construcciones de una sola planta― exclusivos para este tipo de actos sociales y que confieren al cotarro un aire de pequeña población. Hasta esos años las únicas construcciones eran las casillas que protegen la entrada a la bodega.